Cristina Lama Alrededores del 4 de marzo al 21 de mayo de 2016

 


 

Nota de prensa

Un placer fugaz

“Mejor la muerte en Venecia que la vida en Hollywood”
Truman Capote


Tristán Tzara confesó más de una vez tener un deseo loco e incontenible de asesinar a la belleza, posiblemente, por lo molesto de hacer de lo que uno quiere hacer, algo que empatice con todos. Otros como Capote, la tenían sobrevalorada, quizás porque era conocedor de que las únicas respuestas interesantes son las que destruyen a las preguntas, y eso, es una forma de belleza infinita. Esto cobra sentido en la obra de Cristina Lama (Sevilla, 1977)....
La pintura de Cristina es una pintura compleja que ha evolucionado de forma progresiva y natural. Trabaja en fresco, con una pincelada que denota el puro placer por el medio, dejando ver que, a veces, la iconografía no es más que un pretexto para hacer pintura, a la que añade información con la finalidad de darle importancia total a la materia.
Su pincelada, violenta pero meditada da fuerza a la imagen, y su trazo flexible hacia la abstracción, dan sentido total al gesto. Es la violencia de la sugerencia que encierra la propia imagen, y esto solo puede ser transmitido a través de la pintura.[1] Podríamos definirlo acertadamente como una recreación deliciosa.
En el contenido, la sensibilidad y la emotividad están muy presentes. Parece ir cerrando la evolución natural de ese camino hacia la serenidad que iniciase en 2010[2], y la complejidad psicológica con que lo aborda, la lleva a crear escenas continuas con elementos casuales que elaboran un plano “sin solución de continuidad”.
En Alrededores, Cristina deja de lado las imágenes de temor para abrirse a un universo menos tenso que coge forma a través de la representación de “insólitos paisajes” basados en la intención directa de la artista de mirar siempre a su entorno. Ahora, abandona la iconografía de sus característicos espacios íntimos que recrean panoramas interiores[3] para iniciar ese viaje de lo interior hacia fuera, sacando su propio mundo. Es, como si de una autorrevelación de su propia intimidad se tratara. Cristina Lama observa su entorno y utiliza la naturaleza como evidencia intransferible de su experiencia. Eso sí, previo paso natural e impetuoso por la poesía pura.
Elementos femeninos -como los zapatos de tacón- nos hablan de su génesis sin pretensión reivindicativa, mientras que otros como la cruz, el agua, montañas y muros rematados con merlones, acantilados y miradores, la dura vegetación, la noche, las palmeras o los murciélagos, recrean su imaginario, la experiencia, los temores y héroes de las distintas etapas de su vida, que, en cualquier caso, son representaciones cargadas de su propia imaginación. Todo esto da protagonismo a dos conceptos fundamentales a tener en cuenta: los significados ambiguos pero reconocibles, que forman parte del inconsciente colectivo y la metáfora.
En particular, ahora, cobran fuerzas nuevos elementos metafóricos. Hablamos de la representación del aire, que mueve papeles y árboles que parecen estar a punto de ser arrastrados; de las luces y las sombras, que son elementos necesarios que parecen iluminar a sus escenas nocturnas, y de los espacios limítrofes – bien sean representados como verjas, cercas de cadena que hablan del dominio de su inquilino, o por bocadillos de cómic. Incluso por el intento de huida de algún animal que es pillado en su marcha. –
Las escenas parecen amables, pero los colores transmiten desasosiego en algunos casos. Y por otro lado, referentes como Ensor, Dubuffet, Chantal Joffe, o lo lúgubre de Goya están muy presentes. La técnica superada de Cezànne, la ingenuidad de Paul Klee o los murciélagos físicos- o fantasmas figurados- de Vangogh también se dejan ver a través de estas pinturas. Con este último, de hecho, existe una gran comunión. No en vano, los paisajes finales de Vangogh, en la etapa de Auvers, presentan estos horizontes altos y las figuras humanas irreconocibles a punto de evaporarse que aparecen continuamente en estas obras de Cristina, así como, los ángulos de tierra que dan paso a una perspectiva que oculta la realidad, todo ello, con la intención limpia de enfatizar lo natural sin dejar de lado los espacios delimitados.
Cuando Borges escribió el prólogo de Orlando de Virginia Woolf, pudo ver que en esta obra, antecesora del realismo fantástico, su autora mezclaba a las mil maravillas en colaboración recíproca la magia, la amargura y la felicidad[4], para crear un sugerente escenario impregnado de sus obsesiones e inquietudes. Esto es vincular la prodigiosa capacidad de observación, la ironía con que la aborda y la humildad con la que interpreta sus obras, y así, obtener como resultado una crítica abierta de lo que hay alrededor del mundo de Cristina Lama. A pesar de la intención de la artista de abordar los temas únicamente de forma esquiva, da lugar a la fantasía libre.
Es una idea de primero de pensamiento que insinuar no es probar, pero en la obra de Cristina, esta afirmación tiene mucho que ofrecer. En una ocasión, la obra de Munch, El Grito, fue acuchillada por un espectador obsesionado por el ruido que esta obra emitía. Invito al espectador a sumergirse en cualquiera de estas obras con pleno rendimiento de sus cinco sentidos, la experiencia, será como presenciar una inquietante escena de un cuento de Allan Poe.
Esta es la revolución de una artista disidente y libre. Cuando Backer ideó el legendario y famoso spot de la marca de refrescos más conocida del mundo, pensó: “Me gustaría comprarle al mundo una cocacola” e hizo del producto un catalizador social. Iconográficamente y en cuanto a lo popular, el packaging y el contenido líquido de Cristina tiene todos los ingredientes. No pierdan el hilo, esto también puede parecerse al placer fugaz.

Patricia Bueno del Río


[1] Sinclair, A. Francis Bacon. Pintura, sexo y violencia. p.322. Circe. Barcelona, 2008
[2] D´Acosta, Sema. el Cultural. Edición impresa, 2010.
[3] De la torre, Iván. “Amarre”. Toronto, Galería C. Cutts,2006
[4] Woolf, V. Orlando. P12. Alianza. Madrid, 2006