Irene Andessner Proyectos 2001-2006 del 3 de abril al 03 de junio de 2006

 


 

Nota de prensa

«Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pregunten quién soy, ni me pidan que permanezca invariable...» (Foucault). Comenzaré negando la primera evidencia que nos asalta mientras miramos estas imágenes: Los tableaux vivants que componen la serie Donne Illustri (2003), con la que Irene Andessner presta su cuerpo a la reconstrucción externa de diez figuras femeninas del pasado veneciano, no son autorretratos, porque no son representaciones de sí (ni Durero ni Sherman), sino alteraciones por las cuales la artista procura deshacerse de sí (y a sí) para disponerse, versátil y vulnerable, a la posibilidad de dejarse ser otras. No importa quién sea la modelo que presta su cuerpo a ser intervenido por la acción de dar visibilidad a otros rostros y otros cuerpos de otros tiempos. Más que travestirse de otras (si bien es éste el efecto obvio), Andessner se deshace de sí en la figuración ocasional de estos personajes.

En este sentido, se advierte en su dejarse hacer la continuidad entre estos trabajos y sus precedentes accionistas. Porque, más allá de sus ritos de sangre, el accionismo vienés siempre ha sido lo que es para esta autora: un accionismo a la inversa, un dejarse actuar sobre sí para explorar de este modo las virtualidades de lo pático, de lo patético, de hasta dónde pueden estas mujeres resucitadas sentir, sufrir, ser olvidadas o miradas. (Diríamos de Irene Andessner –de ella-: ¡Cómo se deja dejar de ser quien es! ¡Cómo se hace ser quien no es!).

Conserva aún una sola voluntad implacable: hacerse imagen. Más que disfrazarse o jugar a las fantasías de identificarse con personajes acaso admirables, lo que Andessner persigue desde sus primeros trabajos es convertirse en imagen. Por eso podríamos creer que hay picturalismo donde hay fotogenia; que hay cuadros donde hay iconos. Para avanzar en su transformación en imagen, la actriz Andessner debe volverse transparente: no es que se oculte (y desde luego sería absurdo buscarla tras sus disfraces), es que es pura exhibición sin nada debajo ni detrás. A esto se debe cuanto estas imágenes tienen de fascinante; a cuanto consiguen de ellas atraparnos sin comprenderlas.  Atraparnos y excluirnos. «He aquí, pues, la definición de la imagen, de toda imagen: la imagen es aquello de lo que estoy excluido. Al contrario que en esos acertijos en los que el cazador está secretamente dibujado entre las hojas de los árboles, yo no estoy en la escena: la imagen carece de enigma» (Barthes).

Pero la modelo es también figuración del espectador. Mira dejándose intervenir, observa a quien la viste o la maquilla. Creo que esto se percibe bien en la espléndida película que forma parte del conjunto de Donne Illustri. ¡Cómo nos miran quienes son miradas! Actriz, personajes, espectadoras, espectadores... La voluntad de poder que da ley a la omisión de toda resistencia se aprecia de forma deslumbrante en cómo estas mujeres –contrafiguras del sometimiento, el silencio, la resignación...- rompen su quietismo de iconos fascinantes para elegir descomponerse, despedazarse, desordenarse..., desprenderse de la representación hasta impedirnos poder saber qué será lo que quieren. Cuáles son sus deseos. «De todos los que conocí, X... era con absoluta seguridad el más impenetrable. Esto provenía de que no se conocía nada de su deseo: ¿conocer a alguien, no es solamente eso: conocer su deseo?» (Barthes). Impenetrables y en movimiento. Sólo con mirarlas, aquellas mujeres del pasado podrían llegar a envenenarnos.

Luis Puelles Romero