Federico Guzmán La fuente de la vida. Proyectos 2009-2011 del 19 de noviembre del 2011 al 14 de enero de 2012

 


 

Nota de prensa

Mis primeros recuerdos de fascinación ante la magia del dibujo son ver a mi padre, un hombre de vocación artística e ingeniero de profesión, trazando con un lápiz en folios de papel. Su mano grande se movía resuelta y del espacio en blanco brotaban como por encanto formas, figuras y personajes que me deleitaban y maravillaban. Bailando y aplaudiendo nervioso, yo también quería hacerlo y mi padre me daba el lápiz y el papel, donde me explayaba con rayones, garabatos, pintarrajos, líneas sinuosas, espirales, círculos, soles, cuerpos de palo y monigotes que a menudo saltaban más allá de la hoja y se extendían por las paredes del cuarto de juegos, con la cariñosa aquiescencia de mis progenitores. Muchos de mis momentos más felices han sido los que he pasado absorto dibujando, haciendo trabajos manuales o simplemente tumbado boca arriba, mirando las musarañas. Desde entonces, muchas cosas han evolucionado vitalmente pero me alegra sentir que aquella fascinación con la creación de imágenes en poco o nada ha cambiado.
Muchas personas consideran que la creación es un proceso incógnito y excepcional. A la mayoría de la gente le parece que saber dibujar o pintar es algo misterioso y hasta piensan que la forma de llegar a hacerlo supera en cierto modo la comprensión humana. El acto creativo está imbuido de una variada serie de mitos folclóricos como el del genio innato, el artista perturbado, la santificación del dolor o el mito de la vida intensa, que como sabemos ha acarreado más de un disgusto. Aunque este tipo de ideas hacen que se valore a los artistas y sus obras, la verdad es que no animan mucho a una persona para aprender y dedicarse al oficio de las artes. Por otra parte nuestra cultura tiene una perversa disposición y es que no nos educan para aprender a ver, ni nos preparan para comprender las imágenes, ni a percibir con claridad, ni de manera diferente a como lo hacemos siempre, perpetuando su forma única de ver el mundo y su dominio sobre él. Además, la industria del espectáculo imparte un concepto cerrado de la creatividad que es coartada para imponer por ley la llamada propiedad intelectual y para el cierre y alambrado de los campos comunes del conocimiento. En nuestra sociedad del espectáculo, la vida social se ha transformado en su representación, el ser ha declinado en tener, y el tener simplemente en parecer.
En este contexto el artista no es un creador puro, en el supuesto de que la creación pura, el llamado arte por el arte, además de pura entelequia no sea sino una güevonada. El arte es copia, capital y abundancia de bienes espirituales. Muchos creadores en el campo de la música, la literatura o las artes visuales defendemos la “herejía” de que compartir es bueno y que las tecnologías de la información son oportunidades de acceso a la cultura y de creación para todos. Todos los lenguajes nacen de un territorio común; cada obra es parte de un proceso colectivo y es diálogo con la cultura universal, en constante reescritura, debate y transformación; y los frutos del conocimiento son patrimonio de todos. Si entendemos con Marcel Duchamp el arte como “un juego entre todos los hombres de todas las épocas” podemos imaginar la invención como un proceso creativo abierto que copia y transforma los elementos de la cultura para combinarlos y volver a compartirlos permitiendo que la historia continue su curso.
Figuras complementarias a la del artista son las del productor, el programador o el dj. Pero mi favorita es la que emplea Quico Rivas para definir a mi amigo Alonso Gil: el artifex es, en la tradición esotérica, a un tiempo demiurgo (creador) y technites (trabajador manual), condiciones ambas que en la antigüedad clásica compartían por igual tanto los pintores, los poetas y los músicos como los tejedores, los carpinteros y los médicos. Como recordaba Arturo Schwarz en un delicioso texto sobre los que él considera cuatro caminos convergentes: surrealismo, tantra, alquimia y anarquía: “el alquimista, como el artista, es el arquetipo del rebelde anarquista no sólo porque reivindica para sí la juventud de los dioses y su poder creador, sino porque ha entendido que la revolución es la juventud del hombre, y viceversa, tanto a un nivel colectivo y filogenético, como a un nivel individual y ontogenético”.
A principios de los noventa, Hakim Bey cuestionaba la noción histórica de revolución: “¿Estamos los que vivimos el presente abocados a no experimentar nunca independencia, a no habitar jamás un trozo de tierra regulado sólo por la libertad?” En un memorable librito que me fascinó profundamente, TAZ la Zona temporalmente autónoma, Bey afirmaba que en realidad la libertad ya está aquí. La autonomía existe en el tiempo, dijo, más que en el espacio. Es en el momento presente de revuelta, imaginación salvaje, abandono y rebelión en que nos fugamos de la cárcel del pensamiento, en el dulce momento en que uno se libera completamente de todo control político y social. Estos momentáneos orgasmos de la historia son la inspiración que da sentido a la inagotable lucha por la libertad.
En las grietas de una crisis financiera, medioambiental y alimentaria regida por el egoísmo, se esta abriendo espacio la transformación impulsada por personas y movimientos de masas en todo el mundo. Desde la protesta del campamento saharaui de Gdeim Izik en El Aaiún ocupado, origen de la primavera árabe, al 15-M, la ocupación de Wall Street y el 15-O, millones de voces se están levantando en movimientos basados tanto en la solidaridad como en la diferencia, en oposición a la homogeneidad y la separación del imperialismo genético y el neocolonialismo multinacional. En esta realidad el arte es otra herramienta que se suma a la revuelta, sirviendo a la evolución de la conciencia colectiva.
Como manifiesta la poetisa saharaui Sukeina Aali‐Taleb, el arte, la cultura y la educación son armas de lucha pacífica por el respeto a los derechos humanos y el derecho de todos los pueblos a su tierra, sus raíces y su libertad. Trabajando con artistas saharauis en ARTifariti, los Encuentros de arte en el Sáhara Occidental, me leyeron un hermoso verso del Corán: “Hay espacio para todos en la Tierra de Alá”. Al conocer la triste historia de este pueblo hermano, aprendemos a valorar la profunda relación de identidad entre una comunidad, su tierra y su cultura. El pueblo saharaui, ocupado y exiliado, resiste como la talja, el invencible árbol del Sáhara, una acacia espinosa, medicina y alimento de camellos, que hunde sus raíces en las rocas del desierto.
Con una metáfora comparable, Paul Klee parangonaba al artista con un árbol. Las raíces le unen con el mundo y la naturaleza  de donde extrae la savia que alimenta su mirada y su talento, que se corresponden con el tronco, el cual se expande hacia todas partes en las ramas, mucho menos firmes y mucho más frágiles que las raíces, pero más visibles y sin duda mucho más bellas. Esa belleza que no nace en el artista, sino que sólo pasa a través de él, es también transformación alquímica interior. Como el árbol de Klee crecemos espiritualmente y nuestra transformación está vinculada a dar forma al mundo que habitamos. Somos gente-bosque, unida por nuestras ramas y conectada por nuestras raíces a un paisaje en las intersecciones de naturaleza, cultura e historia que forman el substrato sobre el que vivimos. Nuestras redes culturales son las mismas redes vivas complejas de los bosques, suelos, mares y ríos que nos proporcionan vivienda, ropa y alimento. Somos todos parte de todo y unimos el compartir historias con hacer cultura de habitar la tierra, nuestro pueblo, nuestra casa.
Al concluir estas líneas en la noche, me distraigo de la pantalla del computador. Pongo la mente en blanco y respiro. Mi mano se va con el lápiz, garabateando en un cuaderno, una vez más aparecen dibujos… peces, soles, espirales y corazones que salen como por encanto... El arte, querida lectora, somos nosotr@s mismos. La fuerza creadora del universo está en nuestro interior. La cuestión es ¿qué vamos a hacer con ella?

 

Federico Guzmán
Sevilla, equinoccio autumnal 2011

 


My earliest memories of fascination with the magic of drawing are watching my father, a man of artistic vocation and engineer by profession, tracing with a pencil on sheets of paper. His big hand moved resolutely and blank forms sprouted as if by magic, figures and characters that delighted and astonished me. Dancing and clapping nervous, I wanted to do and my father gave me a pencil and paper, where I expatiated with scratches, scribbles, scrawls, sinuous lines, spirals, circles, suns, bodies and stick puppets that often jumped beyond leaf and spread through the walls of the playroom, with the acquiescence of my loving parents. Many of my happiest moments have been those who have gone deep drawing, making crafts or just lying on his back, looking at the clouds. Since then, many things have changed but vitally'm glad you feel that this fascination with creating pictures in little or nothing has changed.
Many people believe that creation is an unknown and exceptional process. To most people it does seem to know how to draw or paint is something mysterious and even think the way to get to do it in a way beyond human understanding. The creative act is imbued with a wide range of folk myths like the innate genius, troubled artist, the sanctification of pain or the myth of intense life, which we know has brought more than a disappointment. Although such ideas make the artists and their work is valued, the truth is that not much to encourage a person to learn and engage in the service of the arts. Moreover our culture has a perverse disposition and is not educated to learn to see, and prepare us to understand the images, or see clearly or differently than we do always, perpetuating its unique way of seeing the world and dominion over it. In addition, the entertainment industry imparts a closed concept of creativity is an excuse to impose intellectual property law and call for closure and wiring knowledge commons. In our society of the spectacle, social life has become their representation, has declined to be having, and having simply seem.
In this context the artist is not a pure creator, assuming that pure creation, called art for art also is not pure pipe dream but a Birdbrain. Art is copy, capital and abundance of spiritual goods. Many artists in the field of music, literature and the visual arts advocate the "heresy" that sharing is good and that the information technologies are opportunities for access to culture and creation for all. All languages ​​born of a common territory; each work is part of a collective process and dialogue with the universal culture, constantly rewriting, debate and transformation; and the fruits of knowledge are the heritage of all. If we understand with Marcel Duchamp art as "a game between all men of all ages" can imagine the invention as an open creative process that copies and transforms the elements of culture to combine and re-share allowing the story continue its course.
Complementary to that of the artist figures are those of the producer, programmer or dj. But my favorite is the one used to define Quico Rivas my friend Alonso Gil: the artifex is, in esoteric tradition, a time demiurge (creator) and technites (manual worker), both conditions in classical antiquity share alike both painters, poets and musicians as weavers, carpenters and doctors. As Arturo Schwarz recalled in a fine text on which he considers four converging paths: Surrealism, tantra, alchemy and anarchy, "the alchemist, like the artist, is the archetypal rebel anarchist not only because it claims for itself the youth of the gods and his creative power, but because it has understood that the revolution is the youth of man, and vice versa, both collective and phylogenetic level as an individual and ontogenetic level. "
In the early nineties, Hakim Bey questioned the historical notion of revolution: "Are we who live in the present doomed never to experience independence, never to inhabit a regulated piece of land only for freedom" In a memorable booklet deeply fascinated me, the temporary autonomous zone TAZ, Bey said that freedom really is here. Autonomy exists in time, he said, rather than in space. It is in this time of revolt, wild imagination, abandonment and rebellion that we eloped from prison of thought, in the sweet moment when one becomes completely free of all political and social control. These momentary orgasms history is the inspiration that gives meaning to the endless struggle for freedom.
In the cracks of a financial, environmental and food crises governed by selfishness, it is opening space transformation driven by people and mass movements worldwide. Since the protest of the Sahrawi camp Gdeim Izik in Laayoune busy, origin of the Arab spring, the 15-M, the occupation of Wall Street and the 15-O, millions of voices are being raised in movements based both on solidarity and the difference, as opposed to homogeneity and separation of genetic imperialism and the multinational neocolonialism. In this reality, art is another tool that adds to the revolt, serving the evolution of the collective consciousness.
As stated in the Saharan poet Sukeina Aali-Taleb, art, culture and education are weapons of peaceful struggle for respect for human rights and the right of all peoples to their land, their roots and their freedom. Working with artists Sahrawi ARTifariti, Art Encounters in the Western Sahara, read me a beautiful verse from the Koran: "There is room for everyone on Earth to Allah." On hearing the sad story of this sister nation, we learn to appreciate the profound relationship between a community identity, their land and their culture. The Saharawi people, busy and exiled talja resists as the invincible Sahara tree, a thorny acacia, medicine and food for camels, which has its roots in the desert rocks.
With a comparable metaphor, the artist Paul Klee paralleled with a tree. The roots will bind with the world and nature from which it draws the sap that nourishes his gaze and his talent, which correspond to the trunk, and which expands to everywhere on branches, much less firm much more fragile than roots, but certainly more visible and more beautiful. That beauty that is born in the artist, but just passing through it, is also inside alchemical transformation. As Klee tree grow spiritually and our transformation is bound to shape the world we inhabit. We are people-forest, united by our branches and our roots connected to a landscape at the intersections of nature, culture and history that form the substrate on which we live. Our cultural networks are the same complex living network of forests, soil, seas and rivers that give us shelter, clothing and food. We are all part of everything and unite to share stories with the culture of inhabiting the land, our people, our home.
In concluding these lines at night, I get distracted from the computer screen. I put the mind blank and breathe. My hand goes with the pencil, scribbling in a notebook, drawings appear again ... fish, suns, spirals and hearts coming out as if by magic ... Art, dear reader, we are us s themselves. The creative force of the universe is within us. The question is what do we do with it?

Federico Guzmán
Sevilla, autumnal equinox 2011